Suicidio, comunidad creativa y esperanza.

Nunca había escrito sobre el suicidio hasta este 10 de Setiembre: Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Para hablar de suicidio sin condenar ni asustarnos hay que empezar por decir algo así como que todos tenemos nuestras formas propias de autodestruirnos. Aceptado esto, se abren las posibilidades de comprender, de estigmatizar y dividir a raja tabla entre fuertes y débiles, mentalmente sanos y mentalmente trastornados.


Son muy pocas las personas 100% sanas, que no se han autoinfligido daños para huír, para olvidar, para sentir que controlamos algo, consciente o inconscientemente. Todos o casi todos hemos sido empujados y luego nos hemos dejado empujar fuera del tren de la vida en uno o más momentos del camino.


Cuántos no hemos hecho algo parecido a Olsson, un ficticio periodista, un Quijote escandinavo que anduvo entre Nicaragua y Costa Rica, por ahí de los 90, conoció a Edén Pastora, y terminó atestiguando los eventos alrededor del atententado de la Penca, en La Cruz de Guanacaste.


"Olsson era de los que cierran los bares, de los que los meseros tienen que echar al final de la noche, de los que se levantan de la mesa sin decir nada, dóciles, pagan y se van a la casa. Luego vuelven el próximo día a hacer lo mismo. Era un hombre de aguante, que si se iba a matar lo haría lentamente, por muchos años" (Quirós, 2010:109).




Ya con cierta madurez, aprendemos que una cosa es saber vivir sin miedo a la muerte (o a pesar de ella, y sabiendo enfrentar las pérdidas) y otra cosa es estar muriendo siempre, resignados porque ya se nos olvidó cómo se siente la verdadera vida. Y elegimos. Pero para madurar se necesitan condiciones, luces internas y externas. Afuera están los demás, estamos todos nosotros. Por eso voy a intentar dibujar una noción de comunidad como portadora de la fe y esperanza perdidas, una noción que se teja con los hilos de la empatía.


La comunidad es importante porque “un hombre comienza a cometer Suicidio mucho antes de llegar al acto suicida y mucho antes de empezar a vivir la circunstancia detonante” (Reyes, 1999). Y los demás podemos aprender a leer las señales, y a estar atentos. Todos tenemos la misma dignidad y derecho a vivir, con calidad, equipados para hacerlo libre y responsablemente. Si perdimos la maleta en medio viaje o al inicio, está en nosotros que haya política de devolución. El bosque sería muy triste si tan sólo cantaran los pájaros que mejor lo hacen (Rabindranath Tagore).


Empatizar pasa por entender, cada uno a su manera, que cuando olvidamos saber vivir, es porque ya no podemos ver, ni oír ni sentir la vida alrededor. Ya no la podemos tocar en un ser querido, en un quehacer significativo, ni percibir más allá de lo aparente y lo presente. Ya no se le puede dar un sentido a la existencia. Y quizá hemos estado así tanto tiempo o de manera tan intensa, que tampoco podemos “ver” vida en el futuro. Y llegados a ese punto, se entiende el ¿para qué? fatal.


“La esperanza es como poder escuchar música del futuro. La fe es poder bailar al ritmo que aquélla toca” (Valles, 2017). Desde este lenguaje que todos captamos, podemos pensar que habría más riesgo de suicidio si no nos sembraron bien eso que conocemos como la esperanza y la fe (pienso en las personas vulnerables, por ejemplo, los niños con trauma severo), o puede que nuestras pérdidas posteriores en la vida estén opacando esas luces internas como una neblina espesa en un camino largo y lleno de curvas, sin acompañantes que nos animen.


En una situación de esas sólo es cuestión de tiempo para que, si no aparecen señales de alguien alrededor con alguna luz para saber cómo seguir, nos dejemos morir por negligencia, por congelamiento, o perdamos del todo la paciencia y nos arranquemos la vida con las últimas fuerzas que nos quedan.


Estoy hablando de “nosotros”, porque nadie se salva de haber sufrido pérdidas que nos hagan sentir así, sin poder escuchar la música del futuro y sin poder movernse al ritmo que ella toca. Pudieron haber cambiado las edades, el momento vital de la existencia, las personas que hayamos tenido alrededor, nuestra vulnerabilidad individual a la adversidad, los golpes de “suerte”, y ese tipo de cosas habrían hecho la diferencia.


“Ese tipo de cosas” posibles son las tablas salvavidas, y son factores de protección ante el suicidio. Tal como las personas en el mundo son casi innumerables, también lo son los factores de protección, las razones para vivir, que en nuestra metáfora de la música son como las notas de la melodía del futuro que a cada uno le gusta y le llega al corazón. Esa canción es única para cada uno. En parte por eso coincido en que el suicidio es un fenómeno multifactorial.


Tal como las notas se combinan para conformar los factores que nos alejan del suicidio, pueden suceder muchas cosas que no nos dejen percibir bien nuestra música. Ha sido muy común pensar que la causa del suicidio está en una psicopatología específica, y que si logramos diagnosticarla y tratarla en cada persona, estaremos evitando la desgracia (Gagliesi, 2020).


Pero no hay un único factor de riesgo sobre el cual se pueda incidir para así evitar esa muerte escandalosa. Tampoco existe el tratamiento perfecto que no falla. Lo que sí existe es evidencia de abordajes y protocolos que reducen más efectivamente el riesgo de suicidio.


Los factores de riesgo son muchos en cada persona. Tal y como para escuchar bien algo, necesito un buen aparato auditivo, pero también una buena ubicación, un buen volumen, cierto nivel de silencio, unas conexiones cerebrales adecuadas que me permitan interpretar los sonidos como música, cierto sentido del ritmo, etc.

Así vistas las cosas, les cuento que si bien he leído muchas frases sabias de G.K. Chesterton, lo que dijo sobre el suicidio, no creo que sea de ayuda ni que sea así en muchos casos.


La persona suicida es lo opuesto al mártir. Que es una dispuesta al martirio. Está tan interesada en algo que es externo a sí misma y quiere ver el fin de todas las cosas. Porque no desea que empiece algo. La persona suicida sólo quiere que las cosas terminen. Por lo mismo, el suicidio no es sólo un pecado, es “el pecado”. Es el mal interior y absoluto. Es rehusarse a jurar lealtad a la vida (Chesterton, s.f.; citado en Valles, 2017).


Pero…y…si… la persona suicida pudo haber tenido vivencias de mártir difíciles de comprender y solucionar, y es… que…a veces se pueden querer cosas o no querer cosas porque no se ha podido pensar bien, con las herramientas adecuadas, no se ha podido iluminar la voluntad.


Por muchas razones lo bueno se puede hacer muy mal y lo malo, muy bien; y estos infortunios no siempre son responsabilidad entera de la persona que se suicida (o que intenta o piensa en suicidarse). Es decir, no todo lo malo que uno quiere con la voluntad lo ha podido poner en la mira con buenas luces, ni todo lo bueno que uno no quiere lo ha podido enfocar, percibir realmente en su belleza y bondad.


¿Acaso no dependemos casi siempre de otros para más o menos casi todo, de alguna u otra manera? Somos seres sociales, relacionales. Somos comunidad. Pero lamentablemente lo bueno se puede hacer mal, mediocremente, prejuicios de por medio, sin prudencia ni creatividad, que es lo que más necesitamos para entregar esperanza y fe sostenidas.


Sin relaciones significativas, coherentes y consistentes nos morimos en vida, no podemos aprender el arte de vivir. Y entonces, ¿cómo sabemos que a la persona que se suicida o se quiere suicidar no le pasó lo mismo porque no lo pudo aprender de y con otros, y como sabemos si eso le pasó tantas veces o tan intensamente, que llegó a querer que las cosas terminaran y que nada empezara? Bien, una vez puestos en los zapatos del otro, aclaremos nuestras razones para ayudar, cada uno desde su trinchera.

Dos de los factores que atraviesan en mi opinión todas las razones particulares posibles:


El suicidio representa una solución permanente a un problema temporal. Los problemas siempre tienen solución. Buena, regular, mala o malísima. Y cuando es así la persona que pretendería quitarse la vida comienza a pensar en ponerle una solución. La de quitarse la vida, para lo que luego, no hay solución alguna. Es una solución definitiva. Es absoluta, irreversible al menos en el contexto espacio-temporal que conocemos, en el que se inserta nuestro cuerpo personal. En este sentido, la muerte es un absoluto. Nunca relativo (Valles, 2017).


El suicidio ocurre de entre 8 a 14 personas cada 100.000 habitantes en los países de habla hispana por año. A simple vista parece algo que sucede esporádicamente. Pero si pensamos que por cada suicidio efectivo hay más de 40 personas que lo están intentando y 200 que lo están pensando, el problema cobra una magnitud mayor. En adolescentes el problema es más significativo porque por cada adolescente que ha cometido suicidio hay 2000 que lo piensan. Casi el 90% de las personas que mueren lo han intentado antes y han tenido pensamientos de muerte. Por eso, la detección temprana y el tratamiento son las estrategias preventivas más importantes. Las tasas de suicidio están aumentando globalmente, y a expensas de jóvenes, convirtiéndose en la segunda causa de muerte entre los 14 y los 25 años en occidente. Mueren en el mundo más personas por suicidio que por guerras (…)


Definitivamente, es difícil encontrar una sola causa, o un patrón similar en las historias de las personas que han intentado suicidarse o se han suicidado. Cuando se indaga, se encuentra de todo. Desde personas que no parecían deprimidas y funcionaban “normalmente”, hasta personas que sí dejaron ver rastros de su afectación por trastornos psicológicos y una serie de circunstancias difíciles.


Incluso, personas con psicopatologías como esquizofrenia se han suicidado en periodos “lúcidos” (Gagliesi, 2020), así que volvemos a la misma conclusión -y punto de partida-: la causalidad es compleja, intrincada. Personalmente, en el ejercicio profesional prefiero no hablar de causas del suicidio y referirme más bien a claves y a factores desencadenantes, así como a factores comunes presentes en la mayoría de casos Entre estos últimos la pérdida de esperanza y motivación vital por pérdidas afectivas (Castelló, 2008). En eso no voy a indagar mucho, pero se trata de un enfoque realista y fresco.


Determinar las causas llevaría un análisis y seguimiento minucioso de la vida de cada persona suicida -porque cada persona es diferente, única, y vive circunstancias diferentes- que difícilmente se puede hacer. Primero, muchas de estas personas ya han fallecido, y segundo, el tema es tabú, difícil de conversarlo y de difícil seguimiento. Y cuando hay seguimiento, muchos optan por no indagar en el pasado y posibles causas, sino en las soluciones posibles del presente que devuelvan esperanza y acaben/mitiguen con la ideación suicida o los intentos de suicidio.


Esa es la buena noticia, que no necesitamos centrarnos en el meollo inconmensurable de las causas para encontrar soluciones. Existe un cuerpo significativo de evidencia que señala que la tasa de suicidio se reduce rápidamente cuando los profesionales de la salud trabajamos el tema desde la regulación emocional, el manejo de crisis y las habilidades sociales. Ahí es donde tenemos que concentrar nuestros esfuerzos (Gagliesi, 2020). Repito, con prudencia y creatividad. Haciendo todo lo mejor que se puede, preparándonos de la mejor forma, pero conscientes de que no hay una intervención a prueba de fallas.


Desde mi experiencia clínica, el enfoque práctico y relacional que promueve Gagliesi, es muy acertado. Requiere entrenar habilidades, claro. Pero si nos ponemos a pensar, una persona en crisis que tiene apoyo para ordenar el caos, regular sus emociones negativas y aprender a moverse desde el presente hacia el futuro con habilidades sociales, es una persona que está ya aprendiendo a vislumbrar la vida más allá del hoyo negro en el que se encuentra. Es alguien que va a poder seguir ensayando y mejorando las soluciones a sus problemas toda su vida, y esto es algo que vale la pena.


María José Arias, M.Sc.

CEDITEF


Bibliografía


Castelló, J. (2008). Luchar contra el miedo y el desánimo (nº 1.). Madrid: Ediciones Pléyades.


Gagliesi, P. (2020). Protocolo de Suicidio desde la Terapia Dialéctica Comportamental [material de capacitación]. DBT Costa Rica en asociación con DBT Latinoamérica: I Entrenamiento. Colegio de Profesionales en Psicología, San José, Costa Rica.


Quirós, D. (2010). Verano Rojo (nº 1.). San José: Editorial Costa Rica.


Reyes, L. (1999). Curso Fundamental de tanatología: suicidio. (nº 1.). México: Triple A Diseño, S.A de C.V.


Valle, D. (25/06/2017). Solución permanente, problema temporal. Consultado en: https://danielvallesperiodista.com/solucion-permanente-problema-temporal-por-daniel-valles/ (10/09/2020).


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