Hackeo del cerebro emocional: recuento desde Marzo 2020 (I)

Actualizado: oct 27

Desde Marzo del 2020 la humanidad padece de una crisis que pasó de ser sanitaria, a económica, política y psicológica (algunos podrían pensar que ya teníamos un sistema económico y psicológico viciados y por eso fue posible lo demás). Tanto ha calado esta crisis de tantas dimensiones, que resuenan los conceptos del Gran Reseteo y la “Nueva Normalidad” desde instancias como el Foro Económico Mundial (fundado y presidido por el alemán Klaus Schwab Rotchschild desde 1971).






Estas proyecciones a futuro son promovidas desde las esferas con más capital financiero (plutócratas o nuevos oligarcas globalistas). En estos planes chorreados desde arriba, encaja el “no tendrás nada y serás feliz”. Para introducir estas ideas se les pone el marco de economía “verde", circular” e "inclusiva" por ejemplo, y de modelo "ecosocial", desde los cuales se implica que no hay nada rescatable en las formas de vida y organización social prepandemia.


En nombre del cambio climático por ejemplo, se habla de seguir el modo de vida del confinamiento y limitaciones económicas como peajes por usar un vehículo no eléctrico en viajes de ciertas distancias. Salvar el planeta sacrificando la intrínseca sociabilidad de la naturaleza humana y mamífera.


Como si no pudiéramos salvarlo cambiando el concepto individualista que tenemos de libertad y aplicamos erróneamente en el modelo económico que nos tiene a cada persona, individuo y empresa endeudados por tres veces lo que producimos.




Es cierto que Occidente (la cristiandad) con sus valores y concepto de ser humano está en crisis, y que parece morirse, pero esto no quiere decir que no haya nada que se haya hecho bien. El "Gran Reseteo" y la "Nueva Normalidad" definitivamente conllevan una propuesta revolucionaria, en la que habrá una minoría muy pequeña ganadores y una mayoría muy grande de perdedores.


El asunto se lleva más allá cuando se aboga por cambios en las formas de vida, instituciones (incluyendo la familia y la empresa como la conocemos) y demás, con un fin más que adaptativo: superar nuestra naturaleza humana a través del cambio de lo que somos, a través de la fusión de nuestra naturaleza con la tecnología, algo que se llevaría a cabo en nuestro propio cuerpo, por ejemplo con aparatos insertados en el cerebro, tales como el “neuralink”.


Con este discurso acaparador y apantallador, se insiste en la urgencia de abrirnos rápido, hacia una Cuarta Revolución Industrial que incorporaría las llamadas "tecnologías convergentes", la llamda economía verde, inclusiva, resiliente, etc. La superación de la “problemática” naturaleza humana se llevaría a cabo también fuera de nuestros cuerpos,.


Por ejemplo, cambiando lo que hacemos con la sustitución de nuestros puestos laborales por robots e inteligencia artificial, para lograr, entre otras cosas, superar la amenaza “inminente” del cambio climático (como si el problema fuera el trabajo humano en sí mismo). Este es el tinte mesiánico del asunto, una supuesta superación de la naturaleza humana que no se logra a través del mérito y la virtud de cada uno (autodominio-fortaleza, prudencia, compromiso, trabajo duro, etc.).


Más bien dependeríamos de los dueños de estas nuevas tecnologías convergentes, y accederíamos a este "paraíso terrenal" a cambio de la integridad de nuestros cuerpos y nuestra libertad para elegir las formas y ritmos de vida que más se ajusten a las necesidades (objetivas y subjetivas) de cada persona, comunidad, y país.


Pues bien, conviene hacer un análisis detenido, en cámara lenta, porque ya es sabido que cuando alguien nos quiere apurar a tomar decisiones en tiempos récord, como si no hubiera ninguna otra opción, y además haciendo sacrificios experimentales, el engaño y la explotación acechan. Ni la pasividad ni el atarantamiento (apresuramiento) son buenos consejeros.


Cámara lenta “on”


Lo primero que nos podemos preguntar desde la psicología es cuán adaptativas o desadaptativas han sido nuestras respuestas en esta crisis multidimensional del Covid, ya que el discurso sobre la “Nueva Normalidad” y el “Gran Reseteo” se apalanca en la dificultad aparente de la humanidad para superar esta crisis.


Una crisis que ya va para más de medio año y que conlleva crisis paralelas de polarización social, aumento de enfermedades serias sin atender (cáncer en etapa de metástasis, paros cardiacos no tratados, etc.), así como el aumento de suicidios, depresión, violencia doméstica, y otro tipo de afectaciones de la salud mental.





La mayor parte del mundo obedeció al principio las reglas de confinamiento, mascarillas, etc. Poco a poco vinimos viendo gente que cuestionaba estas reglas, que no estaba tan conforme con las mismas medidas una vez que iban teniendo cierto sentido de experiencia, de análisis y observación.


Pero en general, percibimos que la mayor parte de la gente a nuestro alrededor, y los medios, apoyan el mismo tipo de medidas cada vez que se anuncia una nueva amenaza, es decir, un repunte en los casos, las muertes o la última variante.


Se percibe a la gente apoyar inclusive más de dos dosis de vacunas experimentales a pesar de que no hayan traído la cura (o un nivel aceptable de inmunidad en un balance riesgo/beneficio) ni nos volvieran a un ritmo prometedor de recuperación de la normalidad.


Cada vez hay más evidencia, para quien sabe dónde buscarla y cómo cotejarla, de que las medidas hasta ahora tomadas no son ni las únicas, ni las mejores según lo que se ha comprobado científica y empíricamente. Todo lo contrario. Se pueden mencionar entre ellas:


1) el confinamiento y uso de mascarillas, 2) las inoculaciones experimentales y 3) los lineamientos y tratamientos dados por la OMS para abordaje ambulatorio e interno (seguidos por la mayoría de las instancias médicas). Texas tuvo éxito en alcanzar la inmunidad de rebaño sin recurrir a ninguna de estas tres medidas.


Los tratamientos alternativos han demostrado reducir la cantidad de hospitalizaciones, sin presentar-me atrevo a decir- efectos adversos, y abrir la posibilidad de no tener que recurrir a los confinamientos con los consiguientes desequilibrios socio-económicos, psicológicos, etc. Si esto es así, ¿por qué la humanidad sigue obedeciendo este tipo de restricciones a todas luces dañinas?


En primera instancia, porque los megáfonos del mundo (los medios de comunicación) pregonan al unísono que el virus y sus variantes son una amenaza enorme, infranqueable. Es decir, ante una amenaza real, proceden a exagerarla, en total contradicción con los datos duros de la ciencia, los cuales no son pregonados con la misma potencia ni emotividad (como el índice de mortalidad y sobrevivencia de la infección).


Se afirma como consecuencia que lo correcto es confinarnos y someternos a los protocolos de la OMS, incluyendo las vacunas experimentales como única opción. Y los medios, los políticos y el “establishment médico” parecen estar de acuerdo, así que la gente obedece.


Tal es el poder de la amplificación global de una amenaza exagerada a través de un megáfono. Somos muy susceptibles a ello. Tenemos décadas de recibir la información pasivamente a través de los medios, dándoles un voto de confianza que no siempre evaluamos. Y es comprensible hasta cierto punto, como se ve a continuación.


En Costa Rica, por ejemplo, se declaró emergencia nacional habiendo únicamente dos casos de fallecimientos. En China se hicieron solamente tres autopsias y a partir de ahí se dieron las primeras recomendaciones en los protocolos médicos y manejo sanitario, mucho de lo cual fue adoptado por la OMS. Tres autopsias bastaron para dictar el abordaje mundial de la crisis declarada.


Dado que nuestro cerebro está organizado para sobrevivir ante la amenaza, y como somos seres relacionales (naturaleza espiritual más que todo), además de mamíferos, tendemos naturalmente a actuar en grupos (de manera coordinada y colaborativa). Por ello se puede entender que la mayoría de la gente haya seguido las medidas sanitarias indicadas en todos los países, auque la colaboración acá se limite a seguir instrucciones en lugar de sumar esfuerzos pensados entre todos.


Se puede entender, que hay un anhelo y una necesidad de sentir que estamos siendo solidarios al intentar sobrevivir en conjunto frente a una amenaza que activa el miedo. Se puede entender, hasta cierto punto, que ante la alarma desplegada por los medios, el miedo empujara nuestro comportamiento en la línea de la conformidad con las medidas mandadas.


Lo que debería evaluarse con cuidado, es si a más de un año y medio después, y sin haberse superado una crisis de tantas aristas (economía, escalamiento en enfermedades no atendidas, afectaciones en la salud mental, divorcios, etc.), no cuestionemos las indicaciones de nuestros gobiernos.


Para entender esto es útil conocer cómo funciona nuestro cerebro ante las amenazas, especialmente las amenazas exageradas e inesperadas. Definitivamente, algunos pocos están utilizando este conocimiento para "hackear" nuestro cerebro emocional e impedir la colaboración con nuestro cerebro racional.


No es casualidad que el escritor hebreo Yuval Noah Harari, hablara, durante el Foro Económico Mundial 2020, a propósito de la amenaza de las dictaduras digitales, propusiera la "ecuación definitoria de la vida en 2021": "(B x C x D = R), conocimiento biológico, multiplicado por el poder computacional, multiplicado por los Datos (Data) es igual a la habilidad para "hackear" a los humanos" (minuto 10:08).





Como veremos en las próximas dos entradas, si bien no hemos llegado a ese nivel aun, estamos cerca (grafeno inoculado de por medio), y desde Marzo de 2020 gran parte de los cerebros y emociones humanas han sido hackeados a través de la programación mental con trauma inducido, entre otros métodos afines.


Seguimos en la próxima entrada (El cerebro humano, un jinete y un caballo: II)




María José Arias, M.Sc.

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