Miedo, control y psicopolítica (III)

Actualizado: oct 27

La psicopolítica conoce el cerebro humano y su manera natural de responder ante la amenaza inesperada


¿Es esta política global sanitaria una intervención que ha tenido relativo éxito respetando, o más bien atropellando la natural capacidad del cerebro humano para responder bien a las amenazas inesperadas y así no solo sobrevivir sino restablecer el equilibrio psicológico?


Antes de entrar en detalles, me atrevo a afirmar que hace más de un año y medio (Marzo del 2020) nuestro cerebro emocional está siendo bombardeado y condicionado con alarmas exageradas de amenaza a nuestra supervivencia, sin que podamos planear y anticipar por nosotros mismos, de manera natural y científica, una solución y recuperación efectiva. En otras palabras, las capacidades ejecutivas de nuestro cerebro racional no han podido salir a flote.


El cerebro emocional, ese caballo asustado, está a cargo del trayecto en esta crisis y no nos permite reflexionar sobre soluciones efectivas, causas y efectos, realidad y exageración. El miedo no ha podido ser modulado y procesado por nuestro cerebro racional, creativo, flexible, empático. Con mensajes llenos de miedo, cifras infladas, censura, médicos y políticos amedrentados y comprados, y tratamientos inefectivos presentados como únicos, nos hacen creer que el virus es invencible.


Todo este aparato de propaganda y control conoce el cerebro humano. Y lo hackea. Este aparato conoce que nuestro cerebro está organizado para sobrevivir las amenazas, inclusive inesperadas, y que como mamíferos y humanos tendemos a actuar en grupos, de manera coordinada y colaborativa, de acuerdo a cada situación y a cada contexto. Pero nos dijeron que la única solución posible y científica es aislarnos, desaparecer colectivamente.


Los que manejan los hilos de este aparato de propaganda conocen que el miedo nos prepara para reaccionar rápida y oportunamente, y luego, si la amenaza no era tal, podemos ajustar la respuesta de acuerdo a la evidencia y a la realidad. Entonces exageraron la amenaza al punto de no permitir autopsias para ajustar los tratamientos médicos, minimizando información sobre la mortalidad del virus, sacrificando a las personas hospitalizadas con tratamientos infectivos que no tratan y muchas veces empeoran los síntomas, hasta la muerte.


Entonces se limitaron los tratamientos efectivos, haciéndoseles mala fama. La información está ahí afuera. Los que manejan los hilos de los medios saben que si siguen bombardeando con miedo, eliminada la posibilidad de que actuemos unidos (recurriendo al apoyo social de unos para con los otros), inflando las cifras de infectados y muertos, nuestro cerebro mamífero seguirá activando hormonas de estrés y seguirá en modo de lucha (contra algunos semejantes) y de huida (de la vida cotidiana, del tejido social), desbocado sin escuchar las instrucciones del jinete.


Los que manejan los hilos saben que, así, nos pueden inducir a una respuesta mamífera (emocional) de lucha y de huida. Pero a la vez nos condicionan esas respuestas (al mejor estilo de los perros de Pavlov) diciéndonos que la lucha solidaria consiste en huir, no de los mandatos de confinamiento sin sentido, sino de la vida social que todos necesitamos y que dinamiza la cooperación, la cohesión social, el mercado libre, la cultura y los vínculos sólidos de amor.


Nos condicionan para que nuestra huida sea algo muy concreto y despropociornado con respecto a la real amenaza. Nos dirigen a aislarnos, y a conformarnos a las restricciones (una respuesta suprimida). O haciéndonos creer que todo síntoma respiratorio es Covid, y lanzándonos a una "pelea" sin sentido.


Por si no lo hemos notado, nos han inducido a un modo de pelea cuando, por ejemplo, a través del miedo a que nos dé una infección incurable, nos lanzan a cierto tipo de comportamiento inefectivo, poco racional. Por ejemplo, nos empujan al abarrotamiento de hospitales ante el más mínimo síntoma de resfrío, gripe, etc.


Esto equivale a ponernos en modo de "pelea" contra el "mortal" virus, endosándole a los centros de salud esa lucha. Pero la solución crea el problema que nunca existió, o lo agrava, ya que en estos lugares terminan clasificando todo síntoma respiratorio como Covid (una sobreactivación de la respuesta).


Cuando se trata de Covid realmente no se ofrece un tratamiento ambulatorio adecuado (el acetaminofén tan recomendado por la OMS para primeras etapas de la infección no la trata), mientras que los protocolos de cuidados intensivos (sea trate realmente de Covid o no) no degradan la recuperación.


También nos lanzan a un modo infructuoso de pelea con el uso compulsivo de mascarillas y alcohol en gel, junto con otras medidas hiperhigiénicas y enojo contra quienes no caen en la compulsión. Pero ninguna de estas respuestas inducidas son coherentes, y por lo tanto, agravan el miedo y reproducen o producen el problema,.


Siendo esto así, la inicial amenaza (real o no, exagerada o no) se perpetúa, y así se nos mantiene en el modo de respuesta meramente emocional (el cual sirve para actuar rápido y efectivamente ante amenazas reales e inesperadas), que consiste en pelear o huir.


Este alargamiento del estado de alarma emocional nos produce más hormonas de estrés, más neurosis y más susceptibilidad a las enfermedades físicas, tal como sucedió con los perros de laboratorio del médico ruso Pavlov, cuyos descubrimientos sirvieron luego a la psicología moderna (especialmente el conductismo) e hicieron nacer la psicopolítica (psicología aplicada a las poblaciones para manipularlas).


Pavlov llegó a descubrir que los perros que estaban encerrados en jaulas al momento de una inundación, sin poder escapar, una vez pasado el desastre, seguían reaccionando con respuestas fisiológicas de emergencia a los cambios sutiles en su ambiente. Algunos permanecían echados sin moverse, sin poner casi atención a lo que sucedía a su alrededor.


El médico interpretó esto como un signo de terror continuo, el cual había anulado cualquier vestigio de curiosidad hacia sus alrededores. De hecho, ya pasada la amenaza de la inundación, ante estímulos menores en su alrededor, el cuerpo de estos perros seguía reaccionando con frecuencias cardiacas deprimidas o aumentadas, inestabilidad del sistema nervioso autónomo, etc.


Hoy sabemos que la inmovilidad física y la pérdida de curiosidad son típicas de las personas asustadas y de niños y adultos traumatizados. Tal como sucede con las personas que han pasado experiencias traumáticas, cuando luego experimentan algo que se interpreta como amenaza, la secreción de hormonas que responden al estrés no se desactiva una vez que la amenaza ha pasado o se ha mostrado en sus reales dimensiones.


En estos casos, al cuerpo le toma mucho más tiempo volver a una línea base en que dichas hormonas se disipen y el cuerpo pueda volver a la normalidad. En una persona que ha pasado traumas sin resolver, la segregación de hormonas del estrés se activa rápido y desproporcionadamente en respuesta a estímulos ligeramente estresantes.


Si esta persona continúa en este modo fisiológico y emocional de respuesta sin poder calibrarlo, se mantiene una desconexión con su cerebro racional, se producen problemas de memoria y atención, irritabilidad, trastornos del sueño, entre otros problemas de salud a largo plazo.


En este estado mental bloqueado, el pensamiento es fácilmente manipulable. Y de este conocimiento se hizo luego un aprovechamiento maligno para crear traumas inducidos y luego recondicionar la forma de pensar subliminalmente. Formas concretas de este modus operandi de programación mental se investigaron especialmente después de la II Guerra Mundial en alianza con la CIA, y se plasmaron por ejemplo en el proyecto “Paperclip”, o incluso en lo que se conoce como “proyecto MK ultra”.


Hoy la fuente de trauma es un conglomerado de propaganda de la mayoría de medios, políticos y científicos "de consenso" sobre los efectos de un virus, desplegando entre todos una tormenta de instrucciones intermitentes (sin patrón razonablemente predecible) de aislamiento (huida no de los estilos de vida poco sanos precisamente) y de pelea, que como ya vimos, nos bloquean la respuesta racional y son inefectivos, perpetuando así un estado de crisis.


Terminamos confundidos, adormecidos, como los perros de Pavlov. Y con ello, susceptibles de hacernos seguidores de los que manejan los hilos y sus cómplices, siempre listos para darnos las “soluciones” de manera “desinteresada”. Todo este ejambre de crisis perpetua mantiene al cerebro emocional funcionando separadamente del cerebro racional.


Se alarga artificialmente el tiempo natural que pasa antes de que podamos modular y controlar nuestra respuesta emocional inicial ante lo inicialmente percibido como amenaza. Los que manejan los hilos saben que pueden perpetuar el estrés, y reactividad emocional hasta cierto punto conveniente, para luego hacer una y otra vez que esa “lucha” y huida inducidas no funcionen (pues la pandemia más bien parece empeorar con nuevas variantes y no se eliminan las restricciones a nuestra libertad).


Así nos hacen sentir que no lo hacemos lo suficientemente bien, y nos inducen a dividirnos, a culparnos unos a otros y a ser cada vez más pasivos frente al verdadero problema.


Los que manejan los hilos saben que si nuestra lucha y huida no funciona, procederemos a la tercera y última respuesta posible del ser humano ante la amenaza: el colapso, es decir, dejar de luchar y de huir, si es que aún conservábamos algún resquicio de libertad por el cual luchar realmente. Limitarnos a las funciones básicas del cerebro reptiliano (comer, respirar, dormir, etc.).





Y saben que si esto tampoco nos funciona, habremos muerto finalmente a nuestra autonomía y a nuestras naturales redes de apoyo, a nuestros modos naturales de vincularnos de manera espontánea y no vigilada (pasaporte verde para poder seguir teniendo una vida relativamente cómoda). Nos habremos convertido en una masa zombie. La desaparición colectiva de los individuos libres será definitiva. Y solo Dios podrá hacer algo.


Será más fácil que aceptemos las soluciones a la crisis que se dictan sin la más mínima pizca de democracia ni respeto por la libertad de nuestros cerebros emocional y racional. Quizá nos permitan la libertad del cerebro reptiliano, de las funciones básicas, si hacemos lo que se nos dicte: ponernos vacunas, acoplarnos a sus sistemas financieros y credos, etc.


Los que manejan los hilos saben todo esto, saben que si nos llevan al punto de llegar a sentir que no hemos podido escapar del peligro, no podremos recuperar el equilibrio psicológico que nos da el ir viendo resultados efectivos ante acciones libres y coherentes.


Saben que si cambian las reglas cada cierto tiempo, activan la incertidumbre y confusión (como cuando un niño pequeño no tiene una rutina fija) para atribuir luego sus causas a los que se desvían del seguimiento de reglas y a las imprevisibles variantes del virus.


Los que manejan los hilos saben que si logran hackear la unidad de nuestros cerebros emocional y racional, no podremos lograr la sensación de calma para tomar las riendas del asunto, confiando en nosotros mismos como humanidad inteligente y libre, hecha a imagen y semejanza de Dios, siempre respetuoso de la libertad.


Nos dicen que la manera de salir unidos de esto es aislarnos y separarnos, que es preferible confiar en una “vacuna experimental” que en el fortalecimiento de nuestro sistema inmunológico con tratamientos más costeables, efectivos, probados y menos dañinos.


Nos recompensan por dar una respuesta de huida del tejido social y el dinamismo de la sociedad y los vínculos de amistad, de comunidad y de amor. Y nos hacen sentir vergüenza por atrevernos a mantener esa unidad humana tan natural y saludable.


Nos han llevado a ser policías unos de otros, en lugar de aumentar la solidaridad y la comunicación afectiva y efectiva. Nos han quitado el contacto con la naturaleza. Con el sol. La unión de abuelos y nietos, la acogida de las personas solas en nuestras familias, las celebraciones con todos los miembros de la familia. La posibilidad de acompañar al enfermo, al que está muriendo, al que está naciendo.


Y nos hacen creer que eso es “estar a salvo”, que somos solidarios cuando nos “quedamos en casa”, viéndonos el ombligo, encorvados, mientras que hay miles de personas sufriendo desempleo y hambre, sin que podamos enterarnos de una manera espontánea, como sucede en comunidad y libertad.


Todo esto ha sido posible por una dependencia poco saludable de los medios y las redes sociales para interpretar la realidad. El discurso casi ni lo es, hay poco contenido argumentativo, y mucho contenido emotivo y moralista. Pero los medios no representan ni la realidad ni las mayorías.


Los medios de comunicación están a cargo de unos pocos, quienes no se cansan de repetir que las soluciones siguen siendo restringir nuestras libertades, y aceptar los tratamientos médicos que no logran una inmunidad efectiva en nosotros. Ante la evidencia de la ineficacia de sus dictados, nos hacen sentir culpables y avergonzados, y lanzan más amenazas a nuestra libertad con cosas como el pasaporte verde.


Los que manejan los hilos saben que el la contradicción y el trauma hackea la capacidad de nuestro cerebro emocional mamífero y nuestro cerebro humano-racional de responder unidos y exitosamente a una amenaza según sus características reales. Ellos saben que pueden hacerlos ir por caminos diferentes cuando la respuesta normal (huida, pelea o congelamiento) es bloqueada por alguna razón y no puede ser exitosa.


Por ejemplo, cuando las personas son retenidas, atrapadas, están en una zona de guerra, un accidente de carro, violencia doméstica, violación, o impedimento de tomar medidas efectivas (anulación de iniciativas, etc.).


Finalmente, sabemos que el poder se puede ejercer:

1) Democráticamente.

2) Por la fuerza.

3) Por medio de la manipulación psicológica.


Gene Sharp escribió un libro llamado “De la dictadura a la democracia”, describiendo 198 métodos no violentos que el pueblo puede actualizar para pasar de un sistema dictatorial a uno democrático. Por ejemplo, protestas pacíficas, humillar a los dictadores con bromas, etc. El método número 36 consiste en la “desaparición colectiva”, algo que ya he mencionado acá, y que en este libro se llevaría a cabo haciendo que toda una población se ponga de acuerdo para no salir a trabajar, y minimizar al máximo la participación que dinamiza la economía y tejido social de la dictadura.


De manera inversa, los que mueven los hilos saben que si nos hacen desaparecer colectivamente, a manera de colapso, y nos refuerzan y premian por mantenernos así, o bien, nos castigan por ser disidentes (con los más depurados métodos de la Psicología conductual aplicada y el condicionamiento clásico pavloviano nacido en Rusia), podemos pasar de una democracia a una dictadura solapada. Esto no es una teoría, esto es lo que ya estamos viviendo. Conozcamos nuestro cerebro, y si nos queda disposición, conozcamos a quienes lo conocen.


María José Arias, M.S.c.

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