El cerebro humano: un jinete y un caballo (II).

Actualizado: oct 27



El miedo no es ni malo ni bueno. Es una emoción neutra que sirve para alertarnos de un posible peligro y nuestro cerebro, que es tripartita, la procesa de formas diferentes y en tiempos diferentes. El miedo que sentimos sirve para que nos movilicemos rápidamente (actuando primero nuestro cerebro inconsciente, emocional: tálamo y amígdala) y también para que en un segundo momento modulemos esa reacción de emergencia con nuestras capacidades reflexivas, reflejadas en la virtud de la prudencia (cuando entra en acción el cerebro consciente o racional, cortex prefrontal medial).


La emoción procesada en ese cerebro inconsciente no necesariamente se opone a la modulación racional de la emoción procesada en el cerebro consciente, más bien lo deseable es que estos dos sistemas trabajen juntos y así haya un equilibrio entre nuestro cerebro emocional (el que primero se forma, más viejo) y el racional (el que se forma más tarde en el desarrollo).


Estos sistemas cerebrales pueden fluir bien cuando nuestra supervivencia no se ve amenazada por eventos inesperados o que suponen un conflicto, una contradicción. Por eso se entiende la susceptibilidad de la humanidad a la declaración de una pandemia, su miedo, su ansiedad y confusión. Ahora bien, cuando se dan eventos inesperados que amenazan nuestra supervivencia, la parte racional y emocional del cerebro pueden empezar a funcionar de forma relativamente independiente.


Sucede entonces como la estampida de un caballo cuando es montado por un jinete. Si alguien va cabalgando tranquilamente a buen ritmo y de repente el caballo escucha ruidos o amenazas inesperadas de otros animales, o bien, ruidos que aprendió a asociar con depredadores, lo que sucede es que el animal huye despavoridamente sin hacer caso de las indicaciones del jinete.


Es lo que le sucede al cerebro emocional con respecto a las indicaciones del cerebro racional en estas situaciones. La armonía entre los dos cerebros se fragmenta aún más cuando hay trauma y magnificación real de las señales de amenaza de por medio a través de propaganda, por ejemplo, como ha sucedido en esta crisis. En estos casos, cuesta más tiempo y trabajo el trabajo en equipo de las diferentes partes de nuestro cerebro.


El trauma es inevitable en la vida. Puede haber trauma desde que existe una necesaria plasticidad en el cerebro, un grado importante de maleabilidad que posibilita la adaptación al entorno específico de la persona (familiares, cultura, clima, lenguaje, etc.). Son dos partes del cerebro las que se desarrollan en un juego de adaptación al ambiente, es decir, en interdependencia con la experiencia personal después del nacimiento.


La parte encargada de las funciones más básicas del cerebro (tálamo) es la única ya desarrollada con la que nacemos (cerebro reptiliano, primitivo). Luego en los primeros seis años, moldeado por la experiencia de cada uno, se desarrolla y moldea el sistema límbico de la amígdala (cerebro mamífero) que es la parte del cerebro emocional especialista en detectar si algo es una amenaza o una oportunidad, si es importante o no para la supervivencia y el bienestar. Dependiendo de lo que se detecte, prepara al cuerpo para pelear, huir o congelarse (colapsar).


Este cerebro mamífero es programado por la experiencia humana, y para avisarnos si algo es peligroso o no, placentero o no; se ayuda de las funciones de asociación al pasado que permite el hipocampo. Nuestro cerebro mamífero (la amígdala) nos dirá si ante ciertos estímulos podemos sentirnos relajados, seguros y amados, o por el contrario, debemos invertir energía en manejar las emociones de miedo y de abandono que nos producen.


El problema, como se dijo, es que esta parte del cerebro puede llegar a desoír lo que le dice el cerebro racional cuando hay amenazas inesperadas o conflictivas entre sí. Por ejemplo, cuando amamos a alguien pero nos enojamos con él/ella; si dependemos de alguien que nos provoca miedo, si deseamos a alguien fuera de nuestro alcance y no nos lo podemos sacar de la cabeza. En estos casos nuestra razón y emociones están en conflicto, y el malestar se siente física y psicológicamente.


Ninguna de estas predisposiciones de conflicto ante la amenaza inesperada sería tan grave hoy en día si no fuéramos tan dependientes de los medios de comunicación, y si tan pocas personas en el mundo los manejaran con propósitos de control. No olvidemos, como recuerda Villamor (2021) que la Alemania nazi, como también los régimenes soviéticos -aunque en menor grado- es la Ciencia moderna de la Comunicación, con la que se le hizo un lavado de cerebro a todos sus habitantes.


No olvidemos tampoco que la Psicología de masas, y la Neuropsicología son ejemplos de ciencias que sirven para saber cómo reacciona la mente humana ante ciertos estímulos y cómo puede ser modificada en función de cómo se condiciona y estimula, o bien, en función de cómo se le traumatiza. Luego a través de la cultura y los mensajes subliminales, cómo se le instauran ciertos valores.


Alemania en la II Guerra Mundial fue un caso. Pero seguimos viviendo bajo la aplicación de este conocimiento científico sin ninguna ética. Desde Marzo de 2020 sufrimos, sin darnos cuenta, un bombardeo intenso de mensajes subliminales, sesgados, que responden a intereses privados contrarios al bien común.


Desafortunadamente es a partir de ese contenido malversado que interpretamos la magnitud de las amenazas inesperadas para toda la humanidad, como lo es el Covid y sus variantes. Por otro lado, se agrava este reto específico por el hecho de que nuestro cerebro mamífero es susceptible al trauma, y con ello, puede estar dañado en su capacidad de interpretar las posibles amenazas a través del uso de las llamadas "funciones ejecutivas del cerebro", localizadas en el córtex prefrontal.


Esta es la última parte del cerebro en desarrollarse, y también se ve afectada por la exposición al trauma, quedando afectada para poder filtrar la información relevante (un componente importantísimo a la hora de ejercer la prudencia).


Las capacidades ejecutivas humanas nos permiten cosas como usar palabras en lugar de simplemente reaccionar como animales, estarnos quietos en una clase o conferencia, escoger ejercer una acción y no otra dependiendo del contexto, entender ideas abstractas y simbólicas, planear para mañana (anticipar) y estar en sintonía con los demás (empatía).


En la próxima entrada veremos cómo todo este funcionamiento puede ser hackeado para separar las tres partes del cerebro induciendo estrés, miedo y confusión para moldear nuestro comportamiento de acuerdo a intereses ajenos y totalitarios.


Para que no se diga que esto es una teoría conspirativa, dejo otro extracto de la conferencia de Yuval Noah Harari en el Foro Económico Mundial 2020, sobre el hackeo de la mente humana en el siglo XXI. Irónicamente, este evento es promovido por los mismos globalistas plutócratas que han estado interfiriendo nuestro cerebro/mente con la narrativa de la "pandemia", el "Great Reseat", la "Cuarta Revolución Industrial" y la "Nueva Normalidad" a través del miedo.


Hasta ahora ciencias como la Psicología de masas, la Neuropsicología -trauma inducido-, condicionamiento operante -conductismo- etc. han logrado una conformidad global suficiente con las medidas de confinamiento y tratamientos médicos que han destruido economías, familias, equilibrios mentales, salud de las personas, etc. Sin embargo, esto irá a más, según Harari, en cuanto sea posible aplicar más poder computacional y datos a los cuerpos, cerebros y vidas de las personas:


"Si sabes suficiente de biología y tienes suficiente poder computacional y datos, puedes hackear mi cuerpo, mi cerebro y mi vida. Puedes conocer mi personalidad, mis ideas políticas, mis preferencias sexuales. Y puedes hacer eso no sólo a mí, sino a todo el mundo. Puedes manipular nuestros sentimientos y pensamientos, y tomar decisiones por nosotros.


En el pasado muchos tiranos y gobiernos quisieron hacerlo, pero nadie entendió la Biología lo suficiente, y nadie tenía suficiente poder computacional y datos. Para hackear a millones de personas, ni la Gestapo ni el KGB pudieron, pero pronto algunas corporaciones y gobiernos serán capaces de hackear a todas las personas.


Los humanos nos acostumbraremos a la idea de que ya no somos almas misteriosas. Ahora somos animales hackeables” (a partir del minuto 10:08).




Pareciera que lo que se quiere con este discurso es que, al advertirnos, muchos de los que mueven los hilos desde instancias como el FEM, queden con la cara y las manos lavadas.



María José Arias, M.Sc.


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