El tico al volante, un problema afectivo.

La forma en que manejamos en las calles nos puede servir de termómetro de nuestra vida emocional. Detrás del volante se hincha nuestra agresividad, nuestra ansiedad y frustración; así como también logramos despejarnos cuando las condiciones del camino son idóneas y no encontramos mayores contratiempos.



Esta es una invitación para valorar la importancia de saber calibrar la afectividad en nuestra vida cotidiana, así como para medir cuánta impulsividad hay en nuestro comportamiento cuando no tenemos una vinculación afectiva con quienes compartimos el espacio, y/o existe cierto nivel de estrés al realizar una tarea en la que todos deberíamos seguir ciertas reglas bajo igualdad de condiciones.


Cuando surgen problemas en carretera desde el factor humano, normalmente lo que vemos no es un análisis racional de quién ha incumplido "x" o "y" norma. Lo que vemos más frecuentemente es un intercambio de improperios y pitazos entre dos o más conductores (Castelló, s.f.), lo cual puede escalar en algo peor. Por eso podemos decir que la parte que más se sale es la afectiva, y no la racional.


La solución estaría entonces en trabajar esa parte afectiva que no controlamos, como ejercitando un músculo. Quizá perdamos el tiempo con sermones y análisis al calor del momento, ya que el tránsito impone una rapidez de respuesta que en incontables ocasiones solo nos puede dar nuestro cerebro emocional, inconsciente, el cual está encargado de percibir las señales de peligro y amenaza que vienen de nuestros sentidos.


Cuando nuestro cerebro emocional detecta peligro, lo hace antes de que nuestro cerebro racional pueda evaluar esa interpretación y prepara nuestro cuerpo para la acción. Muchas veces esa parte emocional asocia con peligro cosas que fueron una amenaza en el pasado pero que en la circunstancia actual ya no lo son.


Por ello lo deseable es que si no hay tal peligro en el presente, el cerebro racional pueda calmar a este "detector de humo" emocional y balancearlo para producir una respuesta más adecuada y colaborativa. Pero en carretera vemos que eso no es lo que nos pasa. Muchos nos dejamos llevar por el calor del momento y vivimos una separación total de nuestro pensar y nuestro sentir. Llegados acá, reiteramos la invitación inicial de este artículo.


Por último, compartimos un extracto de un ensayo universitario del 2016 para un curso de retórica, mirando el tema con los lentes de un costarricense en parte educado en un país anglosajón.


"(...) como transeúntes somos irresponsables al poner la integridad física en riesgo por correr y precipitarnos a la avanzada; como choferes pretendemos tomar rutas sin obstáculos, como si fuésemos los únicos que tienen un destino al que llegar o tiempos que cumplir, ¿vamos a manejar o será a evadir agresores con volante o transeúntes enojados?


El manejar en Costa Rica es un reto lleno de vicios del uso y agresión callejera, topamos con choferes amables que ceden el paso, eso suele inspirar y tener réplica, pero si el tico no recibe amabilidad no tiene por qué darla, nos cuesta mantener la calma, es más fácil amenazar con acelerones o aferrarnos a la bocina del carro como la vos enajenada del que reclama furibundo.


Si se está atorado en la presa y se va acompañado se alza la queja sobre algo que no vale la pena, pues no lo puede cambiar, y si se va los ademanes y el soliloquio por sí solos son evidencia fehaciente del descontento, reforzado por los motociclistas suicidas en medio de carros que aceleran. Nos percatarnos porque tenemos sus ruidosos escapes retumbando en las ventanillas, mientras que en las intersecciones se ven choferes cruzando en amarillo los semáforos.


De manera que vemos como la agresión vial y callejera parecen ser un tema de todos los días en los medios de comunicación locales, y la sensación de impotencia eriza la piel de un pueblo que todavía quiere creer en los valores y las costumbres constructivas y positivas, a pesar de lo oscuro que se ve el panorama; lo que como "ticos felices" queremos es avanzar a la velocidad de la luz, tanto así que si fuera posible invadiríamos el espacio aéreo, no saber esperar turnos ni hacer filas.


Los ticos somos fieles practicantes de maniobras que invaden espaldones y aceras, irrespetando las distancias. Las tragedias familiares aumentan diariamente con el derramamiento de sangre, los cercenamientos y las secuelas permanentes en la integridad física y emocional de los hogares costarricenses, en donde muchas de las razones de estos accidentes son choferes alcoholizados, drogados o inexpertos al volante, inclusive picones que imprudentemente ponen en riesgo la seguridad vial.


A partir de lo anterior se entiende que desde el año 2012 el COSEVI haya formulado el Plan Nacional Decenio de Acción de la Seguridad Vial 2011-2020, denominado “CONSTRUYENDO UNA CULTURA DE PAZ EN LAS CARRETERAS” el cual tiene como Objetivo General: “Articular esfuerzos del sector público, privado y la sociedad civil, en la ejecución de acciones de protección y seguridad para los usuarios que se movilizan por el sistema de tránsito nacional y evitar previniendo los accidentes y la agresión vial. (Cosevi, 2014).


En definitiva, quienes dedujeron que este es el país más feliz del mundo no han manejado en Zapote a las 5 de la tarde un viernes, o peor aún: no han sido testigos del fallecimiento de inocentes en carretera a manos de la imprudencia vial de los ticos".


Andrés J. López, Licdo.

María José Arias, M.S.c.




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